miércoles, 3 de junio de 2015

Kiosco Ferrari

Escribe Sebastián Gervasoni.

Todas las mañanas, no mucho después de que Ferrari abra el kiosco, aparece alguno para jugar. Comúnmente se arma todo a un costado, a un metro de la avenida, de espaldas a la calle y a los locales de ropa. Se despliega la mesa de madera, se sacan las sillas de metal, curtidas pero firmes, se acomodan las piezas, se configura el reloj y se juega. Se juega en medio de la indiferencia, de los bondis repletos, de los pasos rápidos y apretados de la gente y del olor urbano, de los bocinazos y la propaganda.

Al poco tiempo de haber armado todo se forma un grupo de gente alrededor de la mesa. Universitarios, obreros, jubilados, profesionales del ajedrez. Muy raramente una mujer o un niño. El círculo de gente va cambiando durante el día, pero el estilo de juego que predomina es el mismo. Los que esperan para jugar influyen directamente en la partida que se juega y viceversa. Los cantores cantan las jugadas, alguno piensa en voz alta, otro sugiere una cosa, otro comenta y filma la partida. El que juega puede contestar, pedir consejos, quejarse de los cantores. Se genera una atmósfera particular que llama la atención del que lo ve de afuera.

Dentro, el reloj no se detiene mientras se juega. El ritmo es de tres minutos por jugador sin incremento por jugada. Predomina un juego romántico, impulsivo y pasional, cuyo determinante es el reloj, generador y liberador de ansiedad, que mantiene al que espera ansioso y al que juega en tensión.

El lugar cobra su mayor expresión en el correr de la tarde. El nivel de juego puede ser malo, pero el folclore adquiere mayor preeminencia. A veces alguien pasa caminando y se acerca a observar, y entre los demás parece un extranjero.

La gente va rotando durante el día y la tarde, y al caer la noche Ferrari cierra el kiosco. Si algunos quieren seguir jugando, cosa que generalmente sucede en los fines de semana, deja la llave a alguien de confianza para que después guarde las cosas. Se compra cerveza en un bar a la vuelta de la esquina y se corre todo al lado de una de las columnas de luz que iluminan la calle y parte de la vereda.



Un viernes de noche, de camino al apartamento de unos amigos de Paysandú, pasé por el kiosco. Jugaban Christian y Manolo. Me acerqué y golpee la mesa. Ambos me miraron por un segundo y siguieron moviendo las piezas y apretando el reloj. Jugaban impacientes, sentados al borde de las sillas, fumando y marcando semicorcheas con los pies. El tablero y las piezas casi no se veían y, salvo por Denis, parado a un lado, no había nadie más para jugar. Por las veredas paseaban grupos de gente alegre que seguían el rumor de la música que llegaba desde los bares de la Ciudad Vieja. Yo estaba acostumbrado a oír hablar del kiosco, pero nunca había jugado en él. Muchas tardes paré a mirar. Trataba de entender lo que veía para llevarme algo conmigo, algo que me quitara el miedo de jugar ahí. Pero ahora esto no era el bullicio de la tarde. Éramos cuatro personas jugando al ajedrez en la vereda, a las dos de la madrugada. Esto era sosiego al lado de la tarde, como cuando deja de trabajar el motor de una heladera.

Denis observaba de brazos cruzados, y estiraba el cuello hacia el tablero de vez en cuando. Tiene la cara larga, los ojos hundidos y la mirada humilde y digna. El encargado de la llave del kiosco había ido a comprar cerveza.

- Así que jugás al ajedrez – me dijo Christian, mientras movía una pieza.

- Sí.

- ¿Y jugás bien?

- Sé que me gusta jugar, pero no sé si juego bien.

- ¡Ésa es una buena respuesta! ¿Ves? – le dijo a Manolo, que se había resuelto por sacrificar un caballo – ¡Ah, conque no te importa nada! ¡Jaque!

Jugaban rápido, se colgaban las piezas y no les importaba. Ambos saben que en el juego rápido mucho más vale la mentira que la verdad, y estrellaban una pieza sobre otra cuando se sentían confiados o cuando notaban que el otro no lo estaba.

Terminaron la partida y corrimos las cosas hacia la columna de luz. Denis se fue temprano. La cerveza orbitaba el tablero. El encargado de la llave del kiosco, veterano cauteloso, perdido en el juego, había regresado hacía un rato y cantaba las jugadas recostado a la columna de luz. Cuando le tocaba jugar con las piezas blancas se quejaba de no ver las piezas negras, pero nadie le prestaba atención. Era una queja teatral, sin convicción. Christian lo insultaba de igual modo.

La noche del día siguiente se hizo un asado en la casa de Vetusto.

Al llegar a la casa le mandé un mensaje a Christian, que estaba dentro y me había guiado por teléfono. Fumé un cigarro en el murito de la entrada mientras lo esperaba. Realmente hacía una noche hermosa. Enseguida vi venir su silueta por el pasillo oscuro. Se notaba que estaba jugando una partida. Cruzamos el pasillo pasándonos el cigarro y salimos a lo que viene a ser un patio chico de cemento con algunas plantas en macetas grandes. A la izquierda el parrillero y a la derecha la entrada a la cocina. Arriba el cielo. Enfrente una pared alta, y detrás la pared de un cuarto, desde donde una bombilla amarilla iluminaba el patio, y en el marco de la ventana sonaba música en un grabador. Vetusto hacía el asado de pie junto a la parrilla. Revolvía las brasas tomando cerveza, con los ojos hinchados y la camisa desprendida, gritando jugadas. En las mesas se jugaba a tres minutos por partida, como en el kiosco. Sus dos perras rondaban la parrilla acezantes. Había un juego en cada mesa, botellas de refrescos y cerveza. Se sentía el olor a la carne asada y el chispear de la madera al fuego. Había alrededor de ocho personas. Nadie estaba pendiente de la comida más que los perros. El resto comíamos ajedrez.

Después de que Christian me presentara con la gente volvió a la mesa en la que estaba jugando y continuó la partida que había interrumpido mi llegada. Me di cuenta de que algunos me habían quedado observando con atención. Esa gente puede olfatear al ajedrecista en cuestión de instantes. Te miran a los ojos cuando juegas, la manera en que mueves las piezas. El ajedrecista siempre está a la retaguardia y llega a sospechar, si sabe del juego, de cualquiera que se presente a jugar con pinta de imbécil. Saben muy bien que los mejores jugadores del mundo tienen pinta de imbéciles. Me hicieron algunas preguntas y me vieron jugar, pero al ver que era realmente un imbécil me dejaron en paz.

Al rato se acabó la cerveza y todos pararon los relojes y abandonaron el juego. Hicieron una colecta general y enseguida regresaron a las mesas, riendo y hablando de la partida que jugaban. Con Christian fuimos hasta un almacén de por ahí cerca a comprar las birras y dos atados de leña. Desde la vereda se escuchaba sonar claramente los relojes y la voz de Vetusto por sobre la música.

Cuando volvimos me senté a ver cómo jugaba un veterano flaco de lentes gruesos. Marcaba semicorcheas con los pies. Se le veía el tendón flaco bajo la media fina que le cubría el tobillo, la espalda encorvada y las cejas fruncidas. Era reservado y orgulloso y todo el tiempo jugó y ganó. No parecía ser un jugador del kiosco. Tenía varias aperturas, todas sólidas, y generalmente su rival quedaba en desventaja al poco tiempo. El viejo atacaba con mucha precisión y cuando sacrificaba una pieza era porque había visto algo y no por mero despilfarro. Cuando jugué con él traté de sacarlo de la teoría, de los estudios de apertura, pero nunca titubeó. Hice dos o tres jugadas espantosas solo para que se acomodara en la silla, pero no se movió y me ganó con tranquilidad.

Cuando no había nada de qué hablar, ni estaba jugando, llamaba a una de las perras y la acariciaba. No podían venir juntas porque se peleaban. Se notaba en su andar y en su mirada que eran perras de la noche.

- ¡Julio! – le gritaron al viejo.

- ¿Qué?

- ¡Sos un coge libros!

- ¡La mayoría de las veces los libros me cogen a mí!

1 comentario:

  1. Excelente relato, me trasladé virtualmente a los espacios relatados y parecía verlos desde arriba. Así es el grupo humano del gran humano Carlos Ferrari. Gracias

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